martes, 8 de enero de 2008

Desprecio

La miró con desprecio, como solo se puede mirar a un ser inferior y primitivo. Sabía que su vida estaba en sus manos, solo le estaba dando aún algo de tiempo.

Quería estar seguro de que utilizaría el poder que tenía, de decidir sobre su vida, en el momento justo, en el momento en que seguramente ella menos lo esperaría.

Cuando ella terminó de construir su telaraña, cuando por fin había unido de manera geométrica y armónica las tres paredes que forman la esquina donde viviría los pocos días de verano que quedaban, el hombre gordo, con el poder de la muerte en su zapatilla, dió dos o tres golpes y de esa manera cegó la vida del único ser que podría compartir su hediondo y desorganizado cuarto, junto a él, sin sentir asco.


Dos minutos más tarde, el hombre gordo destapó otra cerveza y olvidó el incidente. Después de todo, solo era una araña.

23 años después, justamente en un día como aquel, al final del verano, el hombre gordo, ahora con mujer e hijos, había completado la obra más importante de su vida. Tal vez su única obra.

Durante años, luego de cambiar su vida y organizarse, decidió construir su propia casa, aún sin tener conocimientos de arquitectura, o sufriendo para conseguir algo de material hoy, algo de ayuda mañana. Estaba orgulloso de su trabajo, de su vida. Tenía muchos planes, para él, su esposa y sus hijos.

Lástima que no podría siquiera intuir, que una zapatilla invisible pendía sobre él, mientras un ser gordo lo miraba con desprecio y esperaba el mejor momento.

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