lunes, 24 de diciembre de 2007

EL MÉTODO

No podríamos decir que el hombre era un experto. Ni siquiera se le conocía esa nueva capacidad que descubrió gracias a su desesperación por sobrevivir. Por eso mismo, por su desesperación, por su ignorancia o tal vez por su deseo de descubrir nuevos caminos, alejados de todo aquello que alguna vez había visto, escuchado o vivido, no podríamos catalogar sus métodos de ninguna manera. Simplemente eran únicos.

Esa había sido una tarde como muy pocas en las últimas semanas. Quiso disfrutar hasta el último momento de sol, aunque los días ya no eran tan largos. Apenas alcanzó a recorrer aquellos lugares que eran para él simultáneamente su hogar y su sueño; trató de observarlos con una nueva perspectiva, tratando de encontrar en ellos ese pequeño fuego que tal vez había perdido por todo el tiempo que había estado solo, diariamente mirándolos, sintiendo sus aromas, percibiendo los pequeños detalles que diferenciaban ese lugar de todo lo que antes había vivido.

Y más por cansancio que por deseo, volvió a su castillo, que más bien parecía un cubículo de esos que forman parte de los laberintos en los que pequeños hamsters humanos tratan de ganarse el sustento diario, disfrazados de cajeros, de secretarias, de contadores, de programadores. Encendió la luz, tenue, que con el atardecer apenas si permitía distinguir los objetos que yacían esparcidos en su interior. La mayor de sus virtudes, aquella que nunca le pudieron entender y que fué producto de más de un disgusto, era el poder mantener un orden mental de todo aquello que en los ojos de cualquier otro hubiera parecido el trágico resultado obtenido de mezclar una pueblo de casas de madera y el paso de una tormenta tropical. Y de esa manera podía estar tranquilo, tratando de caminar en ese pequeño espacio formado por las paredes huecas que dejaban pasar todos los sonidos de la calle, el techo definido por las esquinas en las que las pequeñas pero desagradables arañas habían creado sus hogares -mucho más ordenados que el de él- y la alfombra azul celeste que había tenido que cortar para amoldar a las características especiales de su alcoba.

Eludiendo un par de obstáculos, de esos que fácilmente hubieran podido ser trasladados al armario al que perteneían, pero que se veían mucho más artísticos sobre la alfombra, debajo de los catálogos de los almacenes, pudo verlo. Estaba allí, esperándolo desde hacía días. O tal vez, nuestro hombre era quien lo esperaba. Hoy era el día del encuentro. No podía pasar más tiempo, pues la fecha que había sido prevista por esos seres que jamás veremos, pero en quienes debemos confiar nuestra vida, se acercaba irremediablemente. Por lo menos eso creía Él!

Durante un instante de tiempo que bien hubiera podido durar un segundo o una hora, nuestro hombre no hizo ningún movimiento. Se dedicó a pensar cual sería el mejor momento para atacar, antes de que sus sentidos lo traicionaran. Buscó en su archivo mental el mejor método para hacer lo que cualquiera otro hubiera hecho, pero teniendo en cuenta que los materiales con los que contaba no eran suficientes. Afortunadamente, pudo divisar, sobre la nevera, uno de esos pequeños bloques de madera que con algunos agujeros primitivamente hechos, son vendidos como porta-cuchillos. Y a pesar de su organizado desorden, allí SI estaban los cuchillos.

Tomó el que más cerca le quedaba, sin estirarse, sin hacer movimientos rápidos, sin demostrar el miedo que le producía el encuentro que había estado esperando desde unos días antes. Recogió sus pasos, retrocediendo cuidadosamente entre aquellos obstáculos, que como un invidente, había memorizado y no necesitaba verlos para saber el camino correcto.

No se decidía. Sabía que una vez que comenzara con el proceso no podría terminar. Y que duraría más de lo que el hubiera querido. Le hubiera gustado dedicarse a leer, tal vez a ver algo de televisión, o incluso irse a dormir, sobre su cama, cubierta por la ropa que la noche anterior había utilizado, por algunos periódicos que había estado leyendo, y donde reposaba la linterna que utilizaba en las noches, para evitarse el largo camino hasta el interruptor de la luz. De todas maneras todo lo que necesitaba lo tenía allí, y todo estaba cerca.

En el justo momento en que decidió que iba a posponer todo hasta el día siguiente, su estómago rugió, víctima del hambre, suplicándole que actuara rápido, y sobre todo, que no se fuera a dormir sin haberlo alimentado, porque de ser así dejaría de funcionar durante la noche, y con él, en su huelga, se llevaría a todos los órganos que quisieran acompañarlo.

Así que solamente quedaba un camino: encarar el destino con valentía, sin dejarse amilanar por los anteriores fracasos, producto de su ignorancia, de su dependencia en los demás, o por su falta de técnica. De todas maneras el sabía que estaba solo consigo mismo, y que ninguno de sus fracasos iba a ser conocido por nadie más. Eso era lo que más miedo le daba: que el era el único que iba a sufrir con sus derrotas y el único que podría disfrutar el sabor del triunfo final. Pero se decidió. Actuó rápido, tratando de recordar todo lo que antes había constituído el problema. Esta no era la primera vez que debía decidirse a atacar, pero tal vez sería la última antes de rendirse completamente.

Esta vez sin pensar en los obstáculos que ampliaban el espectro de colores de la pálida alfombra azul celeste, se dirigió al sitio donde su presa se encontraba. Aunque su vida no corría peligro, exceptuando la amenaza de sus órganos internos de dejar de trabajar durante la noche si no se decidía a actuar, sentía que algo lo detenía. No podía comprender si la visión de su víctima, completamente desnuda y congelada, a pesar del calor de ese día le daba lástima, o miedo.

Empuñó el cuchillo firmemente, recordando que en anteriores oportunidades, por el asco que sentía de tocar las carnes húmedas y heladas de sus víctimas, el cuchillo se resbalaba, y su tarea se demoraba más de lo previsto, haciendo que sintiera náuseas. Además, un nuevo rugido de su estómago lo impulso un paso más adelante.

Con su llegada, y el bochorno nocturno, el congelamiento de la víctima se había convertido en un sudor frío, de esos que hacen que la piel se erice, y que la epidermis se refleje ante cualquier fuente luminosa por la grasa que produce.

Tratando de mirar hacia otra parte, tratando de pensar en algo agradable, en media hora en el futuro, cuando todo hubiera pasado, lanzó el primer golpe. El cuchillo entró limpio en las ya tibias carnes sudorosas. Esta vez saltó la sangre. A pesar de que ya le había ocurrido antes, aún no estaba seguro de si eso debía ocurrir, o no. Esa visión de la sangre emanando de la herida le hizo pensar que algo andaba mal. Pero todo estaba normal, así que supuso que, como él, su víctima también era única.

Volvió a clavar el cuchillo, una y otra vez. Sin rabia, pero con firmeza y rapidez. Formando una línea, de esas que había visto que los demás lograban fácil y rápidamente. Sin embargo a él le costaba trabajo. Mientras con la mano derecha incrustaba el cuchillo una y otra vez marcando el camino, con la izquierda quiso mantener quieta a la víctima sosteniéndola fuertemente del cuello. Se le complicaba, como siempre, pero más que porque la víctima se opusiera -después de todo, ya estaba muerta- era por sus propios traumas, sus propios miedos y su propia inseguridad.

Al fin. El cuerpo yacía inerte sobre el tablado, y aunque la sangre ya no corría, la visión era bastante diferente a lo que siempre se imaginaba. Aún no se podía acostumbrar a la mezcla de la piel blanca de sus víctimas con el color más oscuro de las vísceras y las carnes rojizas que se unían al esqueleto y que alguna vez les dieron vida. Sin embargo sabía que unos minutos más adelante iba a olvidar todo lo vivido e iba a disfrutar del resultado de su trabajo. Sobre todo iba a poder dormir tranquilo después de calmar los sonidos graves emitidos desde sus propias visceras. Nunca pensó que después de todo el era también una víctima, aunque aún no conocía a su verdugo.

Preparó todos los elementos necesarios para desaparecer todas las evidencias de lo allí ocurrido. Alimentó el fuego, preparó los objetos que iban a servir de última morada, y a falta de más materiales, hirvió el agua y preparó la sal.

Colocó las presas en la olla, y se dispuso a esperar los largos minutos que se demoraba en cocinar el pollo. Después de todo, el hubiera preferido estar leyendo, viendo televisión o durmiendo.

A pesar de que su método era único, deseó que la próxima vez todo fuera más fácil.

El hombre no era un experto....

LA FAMILIA

Era un hogar como cualquier otro. La única diferencia era que los padres eran muy jóvenes y no tenían la experiencia suficiente para guiar su destino. Sus hijos, que apenas si estaban aprendiendo a caminar, no sabían exactamente que ejemplo tomar, pues lo único que conocían era su propia familia, y ésta no era perfecta.

Y a pesar de que sabían que en sus manos estaba el futuro de esos niños inocentes, no sabían cómo actuar. Aquellos que ya habían descubierto el mejor camino para vivir a plenitud vivían muy lejos, y tal vez nunca podrían conocerlos. Tal vez estaban muy cerca, pero sabían que el camino tenía que ser descubierto por ellos mismos y no deberían intervenir en sus decisiones.

Y como en todas las familias, se tomaban decisiones equivocadas. Sus hijos no siempre estaban contentos con los regaños, y no siempre compartían los gustos de los demás. Pero eran hermanos y vivían en el mismo lugar.

En ese pequeño punto azul perdido en un infinito espacio habitado por las demás familias del vecindario.

SIN LÍIMITES

Cada vez sentía más miedo. No debía sentirlo, pues después de todo yo sabía que la vida es así, y nadie puede cambiarlo. Pero quería ser el primero, el único. El pasado y el futuro son infinitos, pero jamás los vivimos. El presente solamente dura un instante infinitesimal, lo cual nunca nos da tiempo de disfrutarlo. Siempre luchamos tratando de balancear los recuerdos y los sueños, los amores que se fueron y los que vendrán, las canciones que ya no se cantan y las que aún no han escrito.

Pero descubrí con alegría que el infinito futuro es mucho mayor que el infinito pasado. No importa cuántas cosas hayamos vivido, siempre habrá muchas más que experimentar. No importa cuánto hayamos aprendido, siempre habrá miles de cosas más que podremos conocer. No importa cuanta música nos falte en nuestra colección de CD's, todos los días hay alguien que escribe una nueva canción que algún día nos hará llorar o bailar.

Y en ese infinitesimal instante que dura el presente descubrí que todos los infinitos miedos que había sentido en mi pasado no eran nada comparado con toda la tranquilidad que me deparará mi infinitamente superior futuro.

CINEMANIA

Esa noche se sintió terriblemente desilusionado. Su única culpa era vivir tan fervientemente la vida de los demás, que todos los sentimientos eran cruelmente multiplicados en su corazón. Tuvo deseos de llorar, de gritar, de patear. Todo su mundo desapareció y solo podía sentir la oscuridad que existe cuando cerramos los ojos y no queremos saber nada más de lo que nos rodea. Pero como una vacuna glandular, una luz cegó sus neuronas, pues no era una luz exterior sino una producida por su propio cerebro.

Sonrió, y decidió que nunca más iba a vivir la vida de los demás. Jamás volvería a sufrir por las derrotas ajenas, aunque prometió alegrarse por los triunfos de los demás. Hasta ese momento había sido un observador. Era el momento de ser el protagonista de su propia película, una película que nadie más actuaría por el.

Solo se deseó que como en todas las películas que había visto, su propia vida tuviera música de fondo....