Esa noche se sintió terriblemente desilusionado. Su única culpa era vivir tan fervientemente la vida de los demás, que todos los sentimientos eran cruelmente multiplicados en su corazón. Tuvo deseos de llorar, de gritar, de patear. Todo su mundo desapareció y solo podía sentir la oscuridad que existe cuando cerramos los ojos y no queremos saber nada más de lo que nos rodea. Pero como una vacuna glandular, una luz cegó sus neuronas, pues no era una luz exterior sino una producida por su propio cerebro.
Sonrió, y decidió que nunca más iba a vivir la vida de los demás. Jamás volvería a sufrir por las derrotas ajenas, aunque prometió alegrarse por los triunfos de los demás. Hasta ese momento había sido un observador. Era el momento de ser el protagonista de su propia película, una película que nadie más actuaría por el.
Solo se deseó que como en todas las películas que había visto, su propia vida tuviera música de fondo....
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